No recuerdo con exactitud el momento en que entendí que viajar sería una parte esencial de mi vida. No hubo ningún instante fundacional, ninguna epifanía clara. Fue más bien una acumulación: de carreteras, de mapas doblados, de comidas improvisadas, de noches en lugares cuyo nombre no sabíamos pronunciar bien.
Tenía cinco años cuando mis padres nos propusieron, a mi hermano y a mí, comprar una caravana para recorrer Europa, siempre que los estudios fueran bien. La respuesta fue un sí inmediato, entusiasta y absoluto. Pero ahora sé que aquella pregunta no iba realmente dirigida a nosotros. Era una decisión ya tomada. Ellos solo querían compartirla.
En casa nunca se viajó para huir. Se viajaba para entender. Para ver cómo vivían los demás, para pasear por ciudades con una historia que no era la nuestra, para entrar en museos, palacios e iglesias, pero también para aprender a movernos en lugares donde no dominábamos el idioma. Durante muchos años no hablé inglés, y a menudo tampoco servía de gran cosa. Pero con gestos, paciencia, respeto y cierta disposición a reírnos de nosotros mismos, siempre encontrábamos el camino.
Poco a poco entendí que viajar no es solo desplazarse. Es aceptar que no controlas casi nada, y que eso no es una carencia, sino una oportunidad. Que dormir mal forma parte del trayecto.
Porque, al final, no es el viaje lo que nos transforma.
Es la experiencia.
| Número de páginas | 151 |
| Edición | 1 (2026) |
| Formato | A5 (148x210) |
| Acabado | Tapa blanda (con solapas) |
| Coloración | Colorido |
| Tipo de papel | Ahuesado 80g |
| Idioma | Español |
¿Tienes alguna queja sobre ese libro? Envía un correo electrónico a [email protected]
Haz el inicio de sesión deja tu comentario sobre el libro.